La Vida de Perla: Un día en las Ramadas Populares
Junto con Luz Clarita quisimos hacer algo distinto con nuestros amigos para estas Fiestas Patrias. El asado dieciochero no se discutía, porque existen tradiciones que nadie sensato se atreve a modificar, pero decidimos hacer una previa en las ramadas populares.
Lo increíble era que ninguno de nosotros visitaba una desde hacía muchos años.
Yo conservaba recuerdos maravillosos de las antiguas ramadas instaladas en las canchas de tierra del Estadio Regional. Recordaba los choclos calientes con mantequilla, los anticuchos enormes —aunque probablemente parecían gigantes porque yo era pequeña— y aquel pastel de choclo dorado y firme, con pino, huevo duro y aceituna.
También estaba el algodón de azúcar y los juegos que ponían a prueba la integridad física de toda una generación. Me subía al Pulpo y me aferraba con todas mis fuerzas porque estaba convencida de que saldría volando. Le tenía terror, pero siempre volvía a subirme.
Y cómo olvidar el Palacio de la Risa, con ese disco giratorio que lanzaba a las personas hacia los bordes mientras todos se reían. Hoy probablemente sería clausurado antes de comenzar a funcionar y aparecería en las noticias como un atentado contra la seguridad pública.
Con todas esas imágenes en la cabeza llegamos a las ramadas, convencidos de que reencontraríamos una parte de nuestra infancia.
Caminamos durante un buen rato buscando dónde instalarnos. Finalmente elegimos un local que cobraba cinco mil pesos por entrar, porque incluía un grupo musical. La decisión fue acertada: el espectáculo estaba muy entretenido y los artistas eran de excelente calidad.
Mientras aplaudíamos y disfrutábamos de la música se acercó un joven para atendernos. Antes de que alcanzara a saludarnos correctamente, Luz Clarita pidió un terremoto.
El muchacho comenzó a explicarnos el menú:
—Bueno, mi pana, el anticucho con todo el sazón, a diez mil; el pastel de choclo, quince mil; y la empanada en nuestra parrilla, cuatro mil quinientos.
O al menos eso fue lo que logramos reconstruir entre todos.
Hablaba con un acento muy marcado y a una velocidad impresionante. Era increíblemente simpático, pero no le entendíamos casi nada. Le pedimos que repitiera el menú y esta vez asentimos con seguridad, aunque seguíamos más o menos igual.
Yo pedí un pastel de choclo. Luz Clarita, un anticucho. Los demás se repartieron entre las otras opciones, pero acordamos que alguien debía pedir la empanada. No podíamos abandonar el lugar sin descubrir qué cualidades tenía una empanada de cuatro mil quinientos pesos.
Mientras esperábamos, continuamos escuchando música y hablando de nuestros recuerdos. En ese momento todavía creíamos que el pasado estaba a punto de volver servido en platos de cartón.
Pero no hay que idealizar demasiado las cosas ni pensar que la infancia regresará solo porque una entra a una ramada.
Mi pastel de choclo era, tristemente, una sopa de choclo. Nada quedaba de aquella cubierta firme y dorada que yo recordaba. En su interior encontré un trutro completo de pollo, con las dos partes de la pierna. El pollo ocupaba aproximadamente el ochenta por ciento del pastel y parecía haber llegado hasta allí después de un accidente culinario.
El anticucho de Luz Clarita tampoco ayudó a recuperar la nostalgia. Creemos que estaba cocido, aunque nunca conseguimos establecer con certeza qué método habían utilizado. Tenía sazón, sí, pero no uno que quisiéramos recordar. Los pedazos de carne eran tan difíciles de identificar que decidimos no iniciar una investigación.
Entonces uno de nuestros amigos, que había pedido la famosa empanada, levantó la cabeza y gritó:
—¡Chicos, tienen que probar esto!
Repartimos la empanada en varios trozos y ocurrió lo inesperado: estaba perfecta. El pino tenía un equilibrio preciso entre carne y cebolla, la masa era delicada y el tamaño bastante decente.
Costaba realmente cuatro mil quinientos pesos, pero por lo menos no se trataba de publicidad engañosa.
No quisimos presentar reclamos. El joven que nos atendía era tan simpático que no tuvimos corazón para hacerlo. Además, resultaba evidente que quienes habían preparado el pastel y el anticucho no dominaban todavía los misterios de la cocina ni de la parrilla. Quizás estaban comenzando. Quizás ese día faltó el cocinero. Quizás el pollo había tomado el control de la cocina.
Preferimos quedarnos con la empanada.
Al salir, nuestro grupo se entusiasmó con un juego de argollas. Había cientos de pequeños cuadros y, para ganar, la argolla debía rodear completamente uno sin tocar sus bordes.
Parecía sencillo hasta que comenzabas a lanzar.
Todos compraron tiros y estuvieron a punto de acertar varias veces. Se reían, protestaban y discutían sobre la técnica correcta como auténticos especialistas en lanzamiento de argollas.
Luz Clarita compró un set y me entregó su último tiro.
Yo había permanecido al margen, haciéndome la adulta, mientras mis amigos disfrutaban como cabros chicos. Tomé la argolla sin demasiado entusiasmo y la lancé apenas con un movimiento de muñeca.
Dios santo.
Cayó perfectamente alrededor de uno de los cuadros.
Todos gritaron al unísono, como si Chile acabara de marcar el gol definitivo en una final mundial.
El encargado del juego levantó los brazos y anunció:
—¡Tenemos una ganadora!
Desapareció dentro de la carpa y regresó con mi premio: una pelota que debía medir cerca de ochenta centímetros de diámetro.
Cuando la vi me llené de alegría. Comencé a saltar, a reír y a celebrar como la niña que supuestamente había ido a buscar.
La felicidad duró poco.
Tuve que caminar con aquella pelota gigantesca por callejones llenos de gente, sin poder mirar hacia adelante y chocando con todo lo que encontraba a mi paso. Varias personas recibieron un pelotazo involuntario y otras tuvieron que apartarse para permitir el avance de la campeona.
Llegar al estacionamiento fue una hazaña. Meter el premio dentro del automóvil requirió bajar asientos, mover bolsos, empujar puertas y realizar cálculos geométricos que ninguno de nosotros estaba capacitado para resolver.
En algún momento Luz Clarita sugirió desinflarla.
—¡Ni se te ocurra! —respondí—. Me la gané así.
Finalmente logramos acomodarla y regresamos a casa de Luz Clarita para preparar nuestro asado. Panchulo (a quien Luz Clarita no permitió que se quedara en casa tranquilo y se lo raptó para que también celebrara) observó con profunda desconfianza la enorme esfera que acababa de invadir su espacio y se mantuvo mirándola fijamente el resto de la tarde.
La conversación del asado giró completamente en torno a nuestra visita: el joven incomprensible y encantador, el pollo escondido dentro de la sopa de choclo, el anticucho indescifrable, la empanada que salvó el honor gastronómico y, por supuesto, mi histórico triunfo en las argollas.
La jornada tuvo altos y bajos. No fue como cuando éramos niños ni podía serlo. El pasado nunca regresa exactamente como lo recordamos, porque nosotros tampoco somos los mismos.
Sin embargo, entre la música, las risas, la comida extraña y aquella pelota imposible de transportar, construimos nuevos recuerdos. Quizás esa sea la verdadera gracia de mantener las tradiciones: no repetir lo vivido, sino encontrar nuevas historias que algún día también contaremos con nostalgia.
Levantamos nuestras copas mientras Panchulo, estimulado por el entusiasmo general, decidió participar:
—¡Tenemos una ganadora!
Volvimos a reír y brindamos por los recuerdos antiguos, por las historias nuevas y por esa maravillosa capacidad que tenemos de seguir celebrando, aunque el pastel de choclo venga convertido en sopa.
¡Viva Chile!
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