Opinión

El himno de los lunes, por Marcela Maldonado

Hay recuerdos que no envejecen. Basta escuchar los primeros acordes del Himno Nacional para volver a ser esa niña que, mochila al hombro, corría a formar en el patio del colegio. Tomábamos distancia, nos ordenábamos por curso y, antes de entrar a clases, cantábamos con orgullo. Así fue desde kindergarten hasta cuarto medio. Todos los lunes.

En estos días he leído críticas a esa tradición. Algunos la consideran una práctica antigua; otros creen que no debiera existir. Yo pienso exactamente lo contrario: pocas cosas arraigan tanto a un niño con su país como aprender a quererlo desde el respeto, la historia y los símbolos compartidos. Cantar el himno nunca me enseñó a ser superior a nadie; me enseñó a pertenecer.

Hace apenas unos días volví a emocionarme. Estuve en la Plaza Colón de Antofagasta viendo desfilar a mi hija, estudiante del mismo colegio donde yo estudié. Mientras sonaban las bandas y miles de voces entonaban las letras de la patria, comprendí que hay emociones que atraviesan generaciones. Ella ocupaba mi lugar de entonces y yo, el de quienes alguna vez me miraron desde el público.

He tenido el privilegio de representar a Chile en distintas partes del mundo. Lideré una delegación en Barcelona, España, para conocer experiencias de equidad de género y, más tarde, otra misión empresarial en Shanghái, Guangzhou y Shenzhen, China. Viajar enseña mucho, pero también confirma certezas. Uno descubre que el país perfecto no existe y que muchas veces valoramos poco aquello que funciona bien en casa.

En España admiré avances importantes, pero también entendí que Chile llevaba años construyendo espacios de participación para las mujeres. Lo digo con conocimiento de causa: desde 1994 trabajé en minería, un mundo profundamente masculinizado. Tenía apenas 24 años cuando me correspondió dirigir equipos técnicos y recorrer prácticamente todas las faenas del norte de Chile. Nunca esperé que me regalaran un lugar; me capacité, aprendí el negocio y ocupé el espacio que me correspondía. La equidad también se construye desde el mérito y la visibilización.

En China encontré ciudades impresionantes y una capacidad logística extraordinaria. Sin embargo, también experimenté barreras que rara vez imaginamos desde este lado del mundo: la dificultad del idioma, la comunicación limitada y una digitalización cotidiana que, para sorpresa de muchos, no siempre superaba la nuestra. Regresé convencida de que Chile es mucho más moderno y cosmopolita de lo que solemos creer.

Pero hay algo aún más poderoso que cualquier comparación internacional: encontrarse con un chileno lejos de casa. Me ocurrió en Barcelona, Madrid, Río de Janeiro, Búzios y Florianápolis, entre otros rincones del mundo. Basta escuchar un “¿eres chilena?” para que desaparezcan las distancias. Nos reconocemos en el acento, en el “sí, po”, en nuestras terminaciones y en esa forma tan chilena de hablar que inmediatamente nos hace sentir en casa.

Me gusta ser chilena. Me emociona la Parada Militar. Me estremece escuchar Los Viejos Estandartes y ver marchar a nuestros soldados con la disciplina que ha convertido esa ceremonia en una de las más reconocidas de Sudamérica. Me gusta sentir que pertenezco a este norte inmenso, de desierto, mar y cordillera, donde hoy conviven múltiples culturas sin que por ello debamos olvidar nuestras raíces.

Porque la chilenidad también vive en los sabores: en una empanada bien hecha, en una cazuela de vacuno o de ave, en el charquicán con ají de color y en ese ají cacho de cabra que le da identidad a nuestra cocina. Vive en las fondas, en las ramadas, en el volantín que desafía el viento y en las cuecas que se bailan con alegría.

No permitamos que el patriotismo se confunda con intolerancia. Amar a Chile no significa cerrar la puerta al mundo; significa tener la seguridad suficiente para abrirla sin perder la memoria de quiénes somos.

Y si me preguntan qué recuerdo con más cariño de mi infancia, no responderé un juguete ni una sala de clases. Diré, sin dudarlo, que fueron aquellos lunes en el patio, cantando junto a cientos de niñas un himno que todavía hoy consigue emocionarme.

¡Viva Chile, viva Chile, mi alma!

Marcela Maldonado Barrera
Ingeniera Comercial | Estratega en Vinculación Empresarial

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