La Vida de Perla

La vida de Perla: Los tres no

Hace varios años trabajé arduamente para presentar tres proyectos a un organismo al que, por razones bastante evidentes, llamaremos FOCHI.

Mi empresa consultora tenía grandes esperanzas puestas en aquellas iniciativa, estábamos inventando servicios para ganar un concurso: eran proyectos relacionados con trabajos que ya habíamos realizado, conocíamos bien y sabíamos ejecutar. Por eso los desarrollamos con dedicación, cuidando cada detalle y tratando de alcanzar los más altos estándares.

FOCHI era extremadamente exigente. Analizaba cada proyecto como si una cifra mal escrita pudiera provocar el desplome de una nave espacial. Formularios, presupuestos, respaldos, indicadores, resultados esperados y documentos que acreditaran la existencia de otros documentos. La NASA probablemente pedía menos antecedentes para enviar una misión a Marte.

Las fechas de entrega de los tres proyectos eran casi simultáneas. Durante semanas trabajamos hasta muy tarde, revisando una y otra vez cada propuesta. Incluso algunas personas de FOCHI nos preguntaron si postularíamos y nos dijeron que esperaban contar con nuestra participación. Aquello nos dio todavía más ánimo para continuar.

Uno de los proyectos proponía realizar dos grandes encuentros para personas vinculadas con la energía solar. Se requerían relatores expertos y dos jornadas con cien asistentes cada una. El segundo contemplaba la creación de un libro para destacar las historias de emprendedores de la región. El tercero consistía en desarrollar un foro empresarial fuera de nuestro territorio. Elegimos la Región del Biobío, porque queríamos conectar a sus empresarios y emprendedores con los nuestros.

Eran proyectos diferentes, pero tenían algo en común: estaban construidos sobre nuestra experiencia y podían generar un impacto real.

El futuro de nuestra empresa para ese año dependía de ellos. Ni siquiera necesitábamos ganar los tres. Con uno habría sido suficiente para sostener la operación, mantener al equipo y continuar creciendo mientras desarrollábamos nuevas oportunidades.

Finalmente llegó el día de los resultados.
FOCHI rechazó el primer proyecto.
Después rechazó el segundo.
Y, para evitar cualquier espacio innecesario para la esperanza, también rechazó el tercero.
Los tres el mismo día.

No puedo decir que recibí la noticia con madurez, serenidad y espíritu deportivo porque estaría mintiendo. Quedé destruida. Durante días vi mi futuro completamente oscuro. Habíamos invertido tanto tiempo, tanta energía y tantas expectativas que no comprendía cómo todo podía desaparecer en unos cuantos correos.

Pedí explicaciones. La respuesta fue breve: se habían seleccionado alternativas mejores.
Con el tiempo comprobé que no necesariamente lo eran. Algunas obtuvieron resultados bastante malos y varios recursos terminaron desperdiciados en iniciativas que nunca alcanzaron los objetivos prometidos y exigidos por las bases. Pasa con más frecuencia de la que uno imagina: excelentes formularios reciben financiamiento y buenas ideas quedan archivadas porque no supieron responder correctamente una casilla.

Pero en ese momento yo todavía no sabía nada de eso. Solo sabía que no teníamos proyectos, que las cuentas continuaban llegando y que debía encontrar una forma de sostener la empresa.

Luz Clarita venía a verme todos los días. Llegaba con algo para comer, se instalaba en mi casa y trataba de conversar conmigo mientras yo repasaba obsesivamente los documentos buscando el error fatal.

—No lo entiendo —le repetía—. Los tres proyectos estaban bien hechos. Los tres podían funcionar.

Una tarde, después de escuchar por enésima vez mi análisis completo de la tragedia, Luz Clarita me miró y preguntó:
—Si los proyectos son tan buenos, ¿por qué necesitas que FOCHI te dé permiso para realizarlos?
—Porque los rechazaron —respondí, como si estuviera explicándole algo demasiado evidente.
—No te pregunté qué hizo FOCHI. Te pregunté por qué no los vendes directamente.

Me propuso utilizar todo el trabajo que ya estaba hecho, adaptar las iniciativas y salir a buscar empresas, auspiciadores y colaboradores. Si los proyectos realmente eran buenos, alguien estaría dispuesto a apoyarlos.
No le presté demasiada atención. Yo estaba ocupada llorando una derrota y no tenía tiempo para escuchar soluciones.
Sin embargo, a la mañana siguiente desperté con la idea completamente instalada en la cabeza.

Los proyectos seguían existiendo. FOCHI podía haber rechazado financiarlos, pero no podía quitarles su valor ni borrar todo lo que habíamos construido. Tampoco era dueño de nuestra capacidad para ejecutarlos.
Me levanté, encendí el computador y comencé a trabajar. Pedí nuevas gráficas, cambié las presentaciones, ajusté los presupuestos y convertí las postulaciones en propuestas comerciales. Después salí al mercado a vender directamente los tres proyectos.
Y funcionó.

Las iniciativas cambiaron un poco, porque los proyectos vivos siempre cambian cuando se encuentran con la realidad. Sin embargo, su naturaleza permaneció intacta. Conseguimos aliados, empresas colaboradoras y personas que confiaron en nuestra capacidad para llevarlas adelante.
Los tres proyectos fueron un éxito.
No ocurrió de inmediato ni fue sencillo. Pasé meses muy difíciles, hubo escasez de recursos y después costó bastante tiempo pagar las deudas acumuladas. La historia no tuvo esa transformación instantánea en la que una idea aparece el lunes y el viernes todos celebran con una copa de champaña.

Pero aquellas iniciativas se convirtieron en las bases de nuestra empresa.
Hoy desarrollamos más de diez proyectos. Tenemos clientes que confían en nosotros, que regresan y que nos acompañan en la construcción de iniciativas capaces de impactar positivamente a las personas y a la región. Ya no esperamos que una institución decida si nuestras ideas merecen existir.

Hace unos días recibí una llamada de FOCHI.
Querían invitarme a participar en un nuevo programa. Según me dijeron, estaba hecho perfectamente para una organización como la nuestra.
No dije nada.
Tampoco respondí.
Tal vez algún día lo haga. Por ahora prefiero agradecer, en silencio, aquellos tres rechazos. No porque no hayan dolido ni porque crea que todo sufrimiento ocurre por una razón. Hay derrotas injustas, malas decisiones y momentos que realmente pueden dejarnos sin fuerzas.

Pero también existen golpes que terminan empujándonos hacia un lugar al que jamás habríamos llegado voluntariamente.
Perder esos proyectos me obligó a dejar de esperar la aprobación de otros. Me enseñó que una idea puede fracasar en una postulación y triunfar en el mundo real. También me mostró que la persona que cierra una puerta no siempre tiene la autoridad para decidir hasta dónde podemos avanzar.

Los malos momentos no traen recompensas automáticas. Para convertirlos en oportunidades hay que levantarse, reorganizarse y continuar trabajando, incluso cuando todavía duelen. La recompensa no está garantizada, pero rendirse garantiza que nunca sabremos hasta dónde podríamos haber llegado.

Mientras pensaba en todo aquello, Panchulo, mi hermoso loro, me observó desde su rincón.
—¡Rechazado! —gritó.No sé dónde aprendió esa palabra.
Pero esta vez no me dolió. Me dio risa.

Después de todo, algunos “no” cierran una puerta. Otros nos obligan a construir nuestra propia entrada.

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