La Vida de Perla

La Vida de Perla: Panchulo quedó ronco

Mi loro Panchulo quedó ronco. Sí, ronco. Todas esas barbaridades que acostumbra gritar por la casa ahora las decía con una voz áspera, bajita y haciendo un esfuerzo que nos preocupó de inmediato.

Con Luz Clarita nos espantamos. ¿Tendría gripe aviar? ¿Una infección? ¿Un resfrío? ¿El primer caso conocido de COVID “loriñoso”? En menos de cinco minutos ya habíamos imaginado todas las enfermedades posibles, incluyendo varias que probablemente ni siquiera afectan a las aves.

Metimos a Panchulo en su jaula de Piolín y partimos a la clínica veterinaria. Él iba feliz, porque le encanta salir en automóvil y mirar el paisaje. Mientras nosotras discutíamos si su voz había empeorado durante el trayecto, Panchulo observaba por la ventana como si lo lleváramos de paseo y no a una consulta de urgencia.

Íbamos a nuestra clínica de siempre, donde lo atienden como a un dios. Es un lugar pequeño, construido con cariño, con espacios alegres y un acuario con tortugas que hace mucho más placentera la espera. Sus profesionales siempre encuentran un momento para solucionar un problema y tienen algo que uno valora mucho cuando se preocupa por una mascota: comprenden que también deben tranquilizar al dueño.

Llegamos, bajamos la jaula y nos acercamos a la entrada. Entonces vimos el letrero:

“Prohibición de funcionamiento”.

Debajo aparecía la Seremi de Salud y un código que probablemente solo comprenden quienes trabajan allí.

Las puertas estaban cerradas y Panchulo no podía recibir atención.

Luz Clarita y yo nos miramos en silencio. Después hicimos lo que hace cualquier persona en estos tiempos cuando no entiende lo que está pasando: revisamos las redes sociales.

La prohibición era real. Según la información que encontramos, una denuncia vecinal había originado una fiscalización y, durante la revisión, se detectaron incumplimientos que terminaron con el cierre temporal de la clínica. Al parecer, uno de los puntos observados estaba relacionado con el espacio donde se encontraban las tortugas.

Las redes sociales reaccionaron de inmediato. Los mensajes de apoyo a la clínica se multiplicaban: familias agradecidas, dueños de mascotas que relataban experiencias positivas y personas preocupadas por animales que habían quedado sin su atención habitual. No encontramos entusiasmo por la medida ni aplausos para los fiscalizadores incorruptibles. Encontramos desconcierto, pena y una pregunta que se repetía de distintas maneras: ¿no existía otra forma de resolverlo?

No conozco los detalles técnicos del proceso ni pretendo decidir qué norma debía cumplirse. Si había aspectos que corregir, por supuesto que correspondía hacerlo. La salud y la seguridad no son optativas, especialmente en un lugar que atiende animales. Pero una cosa es fiscalizar para mejorar y otra muy distinta es convertir el cierre en el principal resultado visible de la fiscalización.

No quiero profundizar en la crítica, pero sí hacer una pregunta: ¿desde cuándo anunciar cierres y clausuras es más importante que comunicar que se orientó, se corrigió y se ayudó a que un servicio valioso pudiera funcionar de manera segura?

Un organismo público no debiera medir su éxito por la cantidad de puertas que consigue cerrar. Su verdadera tarea se cumple cuando logra que las personas, los emprendimientos y las organizaciones mejoren sus prácticas, corrijan lo necesario y mantengan espacios seguros para la comunidad. La sanción puede ser necesaria en algunos casos, pero debería ser una herramienta y no un trofeo.

Detrás de una pequeña clínica no hay una gran estructura capaz de absorber semanas sin funcionar. Hay profesionales, asistentes, familias que dependen de esos ingresos y pacientes que no comprenden por qué desapareció el lugar donde siempre los cuidaban. También existe una inversión construida durante años, muchas veces con más esfuerzo que recursos.

Mientras yo seguía leyendo comentarios y aumentando mi indignación, Luz Clarita recordó que Víctor, veterinario y propietario de la clínica, le había entregado su número personal para cualquier emergencia.

Lo llamó.

Estaba triste, por supuesto. Cerrar las puertas de un lugar levantado con dedicación no puede dejar indiferente a nadie. Sin embargo, no se quejó ni comenzó a repartir culpas. Preguntó por Panchulo, escuchó sus síntomas y, pocas horas después, estaba en mi casa para examinarlo.

Llegó con el mejor de los ánimos y con la misma preocupación de siempre. Revisó a Panchulo con calma y nos recordó que cualquier cambio en su voz, respiración o comportamiento debía ser evaluado, porque las aves muchas veces esconden sus molestias hasta que realmente necesitan ayuda.

Luego de examinarlo, le administró el tratamiento que consideró necesario y nos dio las indicaciones para observar su evolución. A las pocas horas Panchulo estaba mucho más animado y comenzaba a recuperar su voz.

Nunca imaginé que extrañaría tanto escucharlo decir barbaridades.

Esa tarde comprendí que una clínica puede tener sus puertas cerradas, pero eso no significa que desaparezca el compromiso de quienes trabajan en ella. Víctor no tenía su consulta, sus instalaciones ni la comodidad habitual para atender. Tenía, sin embargo, algo mucho más importante: vocación y responsabilidad por sus pacientes.

Panchulo pasó el resto del día probando su voz. Primero emitió algunos sonidos tímidos; después comenzó a subir el volumen y finalmente volvió a instalarse en su rincón como dueño y comentarista oficial de la casa.

Luz Clarita lo miró y sonrió.

—Parece que está recuperado.

Panchulo estiró el cuello, respiró profundamente y, todavía con un leve tono de locutor nocturno, gritó:

—¡Prohibido funcionar!

Nos quedamos mirándolo.

Había recuperado la voz y, lamentablemente, también su extraordinaria capacidad para escuchar todo lo que no debía.

Gracias, Víctor.

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