Entrevista

Ps. Leslie Prieto: “La fuerza de las mujeres aparece cuando descubrimos que no estamos solas”

La psicóloga, escritora y gestora cultural Leslie Prieto reflexiona sobre la fuerza femenina más allá de los discursos tradicionales, el valor del autoconocimiento, el costo emocional de intentar sostenerlo todo y la necesidad de fortalecer las redes de cuidado y la salud mental comunitaria en Antofagasta.

Has dedicado gran parte de tu vida a trabajar con mujeres. ¿Qué has aprendido sobre la fuerza femenina que pocas veces aparece en el discurso público?

He aprendido que la fuerza de las mujeres muchas veces no se parece a lo que nos enseñaron a reconocer como fortaleza. No siempre es épica, ni visible, ni tiene que ver con resistirlo todo. A veces la fuerza está en pedir ayuda, en decir “no puedo más”, en criar en condiciones difíciles, en salir de una relación que hace daño, en volver a estudiar a los cuarenta, en juntarse con otras.

Durante muchos años he trabajado escuchando historias de mujeres, desde la psicología, la escritura y el trabajo comunitario, y algo que aparece una y otra vez es nuestra enorme capacidad de construir redes. Los feminismos también me enseñaron a mirar eso de otra manera: muchas cosas que vivimos como problemas individuales tienen una dimensión colectiva, social y política.

Creo profundamente en esa fuerza que aparece cuando una mujer descubre que no está sola. Cuando podemos mirarnos entre nosotras y reconocernos, pasan cosas muy poderosas.

Como psicóloga, ¿por qué el autoconocimiento no es un lujo, sino una necesidad para quienes quieren liderar su vida y sus comunidades?

Porque es muy difícil decidir hacia dónde quieres ir si no sabes desde dónde estás tomando tus decisiones.

Desde la terapia narrativa he aprendido algo que atraviesa también mi propia vida: las historias que contamos sobre nosotras mismas importan. Muchas veces vivimos durante años respondiendo a expectativas, mandatos familiares, roles de género o ideas sobre quiénes “deberíamos” ser, sin preguntarnos cuánto de eso realmente nos pertenece.

Para mí el autoconocimiento no tiene que ver con una búsqueda individualista ni con estar permanentemente mirándonos hacia adentro. Al contrario. Conocernos también implica comprender nuestra historia, nuestro territorio, nuestros vínculos y las condiciones en que hemos construido nuestra vida.

Y cuando una mujer comienza a reconocer su propia voz, sus límites, sus deseos y también sus contradicciones, puede habitar de una manera mucho más consciente los espacios que comparte con otros.

Ps. Leslie Prieto participando en lanzamiento de "Voces del Mujerío: Testimonios de autonarración terapéutica" de la editorial "Ediciones Hurañas"
Ps. Leslie Prieto participando en lanzamiento de «Voces del Mujerío: Testimonios de autonarración» de la Editorial Ediciones Hurañas.

En una sociedad que premia la productividad, ¿qué costo emocional están pagando hoy las mujeres?

Creo que estamos muy cansadas.

Y lo digo también desde mi propia experiencia como mujer, madre, profesional y trabajadora. Existe una sensación permanente de que deberíamos poder con todo y, además, hacerlo bien: trabajar, criar, cuidar, producir, mantener vínculos, estar disponibles emocionalmente, preocuparnos de nuestra salud, vernos bien y, de alguna manera, encontrar tiempo para nosotras.

Lo complejo es que muchas veces hemos convertido ese agotamiento en una falla personal. Pensamos que necesitamos organizarnos mejor, ser más eficientes o aprender a administrar el tiempo, cuando también existe un problema estructural respecto de cómo se distribuyen los cuidados y de cuánto valor otorgamos socialmente a esas tareas.

Me preocupa especialmente que hayamos normalizado mujeres profundamente cansadas intentando seguir funcionando como si nada ocurriera.

Tal vez necesitamos comenzar a pensar el descanso, los límites, el ocio y el derecho a no producir permanentemente como parte de nuestra salud mental.

Leslie Prieto es autora de «La Ballenera» (2017) y «Desde mi ventana» (2017″.

Tu trabajo también ha estado vinculado al territorio y a la colaboración social. ¿Cómo se construye comunidad cuando existen realidades tan distintas dentro de una misma ciudad?

Primero, estando ahí. Escuchando antes de llegar con respuestas.

Antofagasta es una ciudad profundamente diversa y también muy desigual. Podemos vivir a pocos kilómetros de distancia y experimentar ciudades completamente distintas. Por eso creo que uno de los errores del trabajo territorial es pensar que podemos llegar con soluciones diseñadas desde afuera sin conocer las historias, las necesidades y también las fortalezas que ya existen en cada comunidad.

Trabajar en territorio me ha enseñado que las comunidades saben muchísimo sobre sí mismas. Hay liderazgos, memorias, redes y formas de organización que muchas veces son invisibles para las instituciones.

Construir comunidad, entonces, requiere tiempo y confianza. Requiere sentarse a conversar, reconocer las diferencias y encontrar aquello que podemos construir en común. No se trata de que todos pensemos igual, sino de recuperar algo que siento que hemos ido perdiendo: la posibilidad de reconocernos como parte de una vida compartida.

Si Antofagasta pudiera fortalecer una sola dimensión del bienestar de sus mujeres, ¿dónde pondrías el esfuerzo y por qué?

En las redes de cuidado y en la salud mental comunitaria.

Porque muchas mujeres sostienen muchísimo en esta ciudad: familias, trabajos, organizaciones, barrios, cuidados, proyectos. Pero no siempre existen espacios que las sostengan a ellas.

Y cuando hablo de salud mental no pienso solamente en tener más horas de atención psicológica, aunque por supuesto son necesarias. Pienso en algo más amplio: espacios seguros de encuentro, acceso a la cultura, actividades comunitarias, redes entre mujeres, prevención de las violencias, apoyo a las cuidadoras y lugares donde podamos hablar y ser escuchadas antes de llegar al límite.

Mi experiencia como psicóloga, escritora y gestora cultural me ha mostrado que una conversación, un taller de escritura, un libro, una organización barrial o un grupo de mujeres también pueden convertirse en espacios profundamente reparadores.

Quizás por eso gran parte de mi camino profesional y personal ha terminado encontrándose en el mismo lugar: en la palabra y en lo colectivo. En esa posibilidad de narrarnos, escucharnos y acompañarnos para construir otras formas de estar juntas.

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