Entrevista

Fernanda Fontecilla, Fundación Las Gracias: “La creatividad comienza cuando nos detenemos a mirar”

Investigadora y gestora cultural, reflexiona sobre la curiosidad, el juego y el valor del error como caminos para desarrollar una capacidad que considera un derecho de todas las personas.

Los árboles crecen, se adaptan y encuentran su propia manera de habitar un territorio. ¿Qué crees que podemos aprender de ellos sobre la libertad de encontrar nuestra propia forma de expresarnos?

Para mí los árboles tienen algo fascinante, no solamente por lo que son como naturaleza – que ya es bastante – sino por lo que ocurre cuando nos detenemos a mirarlos. Hace tiempo tengo la costumbre de fotografiar sus troncos porque encuentro en sus superficies formas, texturas, colores y, muchas veces, rostros o figuras. Es lo que conocemos como pareidolia: esa capacidad que tenemos de reconocer formas conocidas en elementos que son azarosos.

Pero más que encontrar “caras” en un árbol, lo que me interesa es el ejercicio de mirar. Detenerme frente a algo que probablemente otra persona pasaría por alto y descubrir que ahí hay una enorme cantidad de información, de belleza y de posibilidades.

Y eso para mí tiene incluso algo de subversivo. Vivimos en una época tremendamente acelerada, donde todo parece estar orientado a producir, avanzar, responder, llegar a alguna parte. Y yo, con estas acciones, hago lo contrario: me detengo. Miro una textura, una grieta, una forma que apareció azarosamente y me dejo sorprender.

Creo que eso también tiene que ver con la libertad de expresión. A veces pensamos que expresarnos significa necesariamente producir algo. Y para mí hay un momento anterior: aprender a mirar de otra manera. Cuando cambiamos nuestra forma de mirar, también cambia nuestra forma de relacionarnos con el mundo.

Y eso está profundamente ligado a lo que hacemos en Fundación Cultural Las Gracias (www.fundacionlasgracias.cl): abrir espacios para que las personas puedan detenerse, experimentar, jugar, mirar y descubrir posibilidades que quizás estaban ahí todo el tiempo, pero que no habían visto.

Has transitado por distintos campos del conocimiento y la gestión cultural. ¿Cómo se articulan hoy esas experiencias en tu manera de investigar, observar y trabajar con las personas?

Creo que todas esas experiencias terminaron encontrándose en algo que para mí es fundamental: la creatividad.

Tanto desde la Ciencia Política y el trabajo con la formulación de políticas públicas en el área de la cultura, como desde la Antropología, que me enseñó a observar cómo las personas construyen significados y cómo se relacionan con su entorno, y, sin duda, también desde la Estética, he ido construyendo un camino propio que me ha llevado a descubrir el impresionante mundo de la creatividad humana.

Y creo que una de las cosas más importantes que he descubierto, tanto a través de mi experiencia como docente como de mi trabajo como fundadora de una organización que busca propiciar la creatividad, es que esta es una facultad humana y, por lo tanto, universal. Existe una idea bastante extendida de que solamente son creativos los artistas, y quizás también los científicos o los inventores, pero eso no es así. Basta observar a los niños pequeños: ellos jamás dirían “yo no sé pintar” o “yo no sé bailar”. Ven pinturas y pinceles y pintan, sin dudas, sin autocrítica; escuchan música y bailan. La censura aparece después, cuando comenzamos a preocuparnos por lo que los demás van a pensar, por equivocarnos o por no hacerlo suficientemente bien. Y si esa mirada externa viene acompañada del miedo al fracaso y al error, terminamos inhibiendo nuestra capacidad creativa. Algunas personas logran recuperarla cuando vuelven a tener acceso a experiencias artísticas o creativas, pero otras pueden perderla simplemente por no ejercitarla.

Entonces hoy trabajo un poco desde esos tres lugares: observo, investigo y creo experiencias para que las personas tengan la capacidad de la experimentación creativa. Y justamente estas fotografías de los árboles tienen mucho que ver con eso. Para mí, fotografiar una textura, descubrir una forma o encontrar una pareidolia es un pequeño ejercicio de investigación cotidiana. Es preguntarme qué estoy viendo, por qué esto me llama la atención y qué ocurre cuando cambio mi manera de mirar.

En el fondo, es un llamado a estimular la curiosidad, porque creo que la curiosidad es el punto de partida de todo proceso creativo. Y eso es algo que intento llevar también a mi trabajo con las personas: antes de enseñarles a hacer algo, me interesa generar las condiciones para que puedan mirar, preguntarse, experimentar y descubrir que son capaces de crear.

Has sido testigo de distintos momentos del desarrollo cultural de Antofagasta. ¿Cómo describirías la evolución de la ciudad y su relación con las artes y la creación durante estos años?

Yo creo que Antofagasta ha ido ampliando progresivamente su idea de lo que significa hacer cultura. Y he tenido la oportunidad de observar ese proceso desde distintos lugares, no solamente como investigadora, sino también desde la gestión pública, la docencia y el trabajo directo con artistas y organizaciones culturales.

Trabajé diez años como Coordinadora de Fomento de las Artes e Industrias Creativas del Consejo Regional de la Cultura y las Artes de Antofagasta, lo que hoy es el Ministerio de las Culturas. Desde ahí me correspondió trabajar en políticas públicas, fondos concursables, procesos de creación y circulación, así como relacionarme directamente con creadores, gestores e instituciones culturales de las nueve comunas de la región. Esa experiencia me permitió conocer muy de cerca las dificultades, pero también la enorme capacidad creativa que existe en Antofagasta.

Cuando comencé a trabajar en este ámbito, había una relación mucho más fuerte entre cultura y ciertos espacios e instituciones específicos: museos, teatros, centros culturales. Eso sigue siendo importante, por supuesto, pero con los años he visto crecer y diversificarse muchísimo el ecosistema cultural. Hoy hay más actores, iniciativas independientes, colectivos, organizaciones comunitarias y personas que producen cultura desde lugares muy diversos. También ha cambiado la manera en que entendemos la relación entre cultura, territorio y participación.

Y creo que Antofagasta tiene una particularidad muy interesante para pensar la creación. Es una ciudad marcada por el desierto, por el mar, por la actividad minera, por la migración, por su condición portuaria y por una geografía muy particular. Todo eso genera una identidad compleja, llena de tensiones, pero también de posibilidades creativas.

Pero creo que todavía tenemos un desafío importante: no pensar la cultura solamente como algo que se consume. No se trata únicamente de ir a ver una exposición, una obra de teatro o un concierto. También podemos crear, interpretar nuestro territorio, hacer preguntas sobre él y producir nuestros propios relatos. También abrir espacios para experimentar con la creatividad, aunque no tengamos siempre resultados satisfactorios o “bonitos”. A veces, centrarse en el proceso más que en el resultado puede ser muy positivo para los procesos creativos.

Y ahí encuentro una relación muy fuerte con lo que hago actualmente. Me interesa que las personas puedan pasar de ser espectadores a sentirse también sujetos capaces de crear. Esa idea está muy presente en mi trabajo actual en la Fundación Cultural Las Gracias, donde desarrollamos experiencias de experimentación creativa y metodologías que ponen el énfasis en el proceso, en la exploración y en aprender incluso a través del error. 

En ese sentido, quizás mi propia trayectoria en Antofagasta ha sido también un tránsito desde pensar cómo se construyen las políticas culturales y cómo se fomenta la creación, hacia preguntarme algo más profundo: ¿qué pasa cuando dejamos de considerar la creatividad como un privilegio de unos pocos y empezamos a entenderla como un derecho y como una capacidad que todas las personas pueden desarrollar?

En tu trabajo aparecen los colores, las texturas, el cuerpo y la experimentación. ¿Qué sucede cuando nos permitimos explorar sin la presión de hacerlo perfecto y qué lugar ocupa el juego en ese proceso?

Creo que cuando dejamos de preocuparnos por hacerlo perfecto, recuperamos algo que muchas veces perdemos cuando somos adultos: la posibilidad de jugar y de experimentar.

Una de las cosas que más escucho en mis talleres en los adultos e incluso, adolescentes, es “yo no soy creativa”. Y siempre me llama la atención porque son afirmaciones que aparecen antes de siquiera intentar escribir, pintar o hacer collages, por ejemplo. Y lo más curioso – y gratificante para mí – es que siempre, en el 100% de los casos las personas terminan entregándose al proceso y casi siempre con resultados muy buenos.

Es como si hubiéramos aprendido que para crear primero tenemos que saber hacerlo bien. Y esto no se consigue si no lo intentaste varias veces y fallaste otras tantas.

Y yo intento invertir esa lógica. Primero experimentemos. Probemos un color, una textura, un material, un juego de palabras. Veamos qué ocurre. Después podemos hablar de técnica, pero primero tiene que existir la posibilidad de descubrir.

Por eso el juego es tan importante. Porque cuando jugamos no necesariamente necesitamos saber cuál va a ser el resultado. Podemos equivocarnos sin que el error sea un fracaso.

Y eso también está en estas fotografías de los árboles. Yo no voy buscando una forma determinada. Voy caminando, miro y de pronto aparece algo: una cara, un animal, una textura, una forma que me recuerda a otra cosa. Es un ejercicio de imaginación que nace simplemente de detenerse.

En los talleres intento provocar algo parecido: que las personas puedan mirar, tocar, probar y sorprenderse.

Y para mí ese es uno de los sentidos más profundos de crear: no solamente hacer algo, sino descubrir que podemos hacer algo que antes no sabíamos que éramos capaces de hacer.

La Fundación Cultural Las Gracias trabaja para abrir espacios de experimentación, aprendizaje y expresión creativa. ¿Cuáles son hoy sus principales lineamientos estratégicos y qué proyectos o iniciativas tienen preparados para lo que queda de 2026?

Hay una idea que atraviesa todo lo que hacemos en Fundación Cultural Las Gracias: la creatividad no debería ser un privilegio.

No debería estar reservada para quienes estudiaron arte, para quienes tienen determinadas habilidades o para quienes pueden acceder a ciertos espacios. Todas las personas tenemos la capacidad de crear y, en mi opinión, también tenemos derecho a hacerlo.

Por eso trabajamos generando espacios de experimentación, aprendizaje y encuentro a través de distintas disciplinas y formatos. Nos interesa trabajar con comunidades, con distintas generaciones y con personas que quizás nunca se han considerado a sí mismas creativas.

Y actualmente estamos desarrollando, entre otras iniciativas, talleres y experiencias de artes visuales, escritura, lectura y actividades creativas para distintos públicos. También estamos llevando estas experiencias a contextos cotidianos, como celebraciones y encuentros, porque nos interesa que crear no sea algo excepcional que ocurre solamente cuando vamos a un taller.

Y creo que ahí está justamente el desafío para lo que queda de 2026: seguir sacando la creatividad de los lugares donde tradicionalmente la hemos encerrado y llevarla a la vida cotidiana.

Porque si yo puedo detenerme frente a un árbol y descubrir una forma que nadie más estaba mirando, si una persona puede tomar un pincel y descubrir que sí puede pintar, si un grupo puede reunirse y crear algo juntos, entonces estamos haciendo algo más que una actividad artística.

Estamos ejercitando otra manera de mirar y de estar en el mundo.

Fernanda Fontecilla es Cientista Política, licenciada en Estética y Antropóloga. Es investigadora, docente universitaria, gestora cultural y tallerista de creatividad, con más de veinte años de experiencia en investigación, políticas culturales, gestión y desarrollo de proyectos socioculturales. 

En Antofagasta se desempeñó durante diez años como Coordinadora de Fomento de las Artes e Industrias Creativas del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, trabajando directamente con artistas, gestores e instituciones culturales de la región. También ha desarrollado una importante trayectoria docente en la ciudad. Actualmente es socia fundadora de Fundación Cultural Las Gracias, desde donde desarrolla programas de experimentación creativa, innovación pedagógica y mediación cultural. Su trabajo busca reivindicar la creatividad como una capacidad humana universal y como un derecho cultural, promoviendo la exploración, el juego, el aprendizaje a través del error y la posibilidad de que todas las personas se reconozcan como creadoras.

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