Opinión

El temor a emprender. Por Marcela Maldonado

Durante años se habló del emprendimiento como uno de los principales motores para diversificar la economía regional. Hoy, sin embargo, pareciera instalarse una sensación distinta: cada vez son más las personas que prefieren la estabilidad de un empleo formal antes que asumir el riesgo de desarrollar un negocio propio.

POR NODO 23 · 30 julio 2026 · 4 MIN DE LECTURA

No es una decisión difícil de comprender. Emprender exige invertir tiempo, recursos y energía sin garantías de éxito. Mientras un empleo ofrece un ingreso mensual predecible, un proyecto empresarial suele enfrentarse a meses —e incluso años— de incertidumbre antes de alcanzar estabilidad.

En la última década, diversas instituciones públicas y privadas han impulsado programas para fortalecer el emprendimiento, con especial énfasis en la innovación y, durante algunos periodos, en el liderazgo femenino. Gracias a ello han surgido iniciativas de gran valor, capaces de desarrollar soluciones, incorporar investigación y desarrollo e incluso obtener reconocimientos nacionales e internacionales.

Sin embargo, el desafío ya no parece estar únicamente en crear nuevos emprendimientos. El verdadero desafío es lograr que permanezcan en el tiempo.

Hoy observamos que muchos instrumentos de financiamiento privilegian empresas que ya cuentan con cierto nivel de facturación o validación comercial. La lógica es comprensible: apoyar iniciativas con mayores probabilidades de consolidarse. Pero esa decisión también deja al descubierto una brecha.

Por un lado están los programas orientados a quienes recién comienzan. Por otro, aquellos dirigidos a empresas que ya demostraron capacidad de crecimiento. Entre ambos existe un grupo de emprendedores que ha recorrido un largo camino, ha desarrollado productos y servicios innovadores, pero aún no consigue generar un volumen de ventas suficiente para sostener su operación de manera permanente.

Desde mi experiencia trabajando junto a emprendedores de la Región de Antofagasta, esa etapa intermedia suele ser la más compleja. No porque falten ideas, talento o capacidad de innovar, sino porque todavía cuesta transformar ese esfuerzo en una actividad económicamente sostenible.

La pregunta, entonces, cambia. Ya no es únicamente cómo incentivar la creación de nuevas empresas, sino cómo generar las condiciones para que quienes innovan encuentren clientes, crezcan y logren consolidarse.

Existen iniciativas relevantes impulsadas desde el mundo privado, como Antofagasta Emprende, que han contribuido a visibilizar empresas locales y fortalecer capacidades. Son esfuerzos que merecen ser valorados. Sin embargo, el reconocimiento no siempre se traduce en ventas sostenidas. El desafío sigue siendo que los productos y servicios desarrollados en nuestra región pasen a formar parte de las decisiones cotidianas de compra de personas y organizaciones.

Frente a esta realidad, muchos emprendedores han debido adoptar una estrategia de supervivencia: mantener un empleo dependiente para financiar el desarrollo de su empresa. El emprendimiento deja de ser la principal fuente de ingresos y pasa a convertirse en un segundo trabajo, sostenido por convicción más que por rentabilidad.

Quizás ha llegado el momento de dejar de preguntarnos cuántos emprendimientos somos capaces de crear y comenzar a preguntarnos cuántos somos capaces de sostener. Ahí, probablemente, encontraremos una medida más honesta del desarrollo que queremos construir para nuestra región.

Las buenas ideas seguirán apareciendo. El talento también. Lo que está en juego es si seremos capaces de construir las condiciones para que quienes innovan puedan permanecer, crecer y vivir de aquello que hacen. Esa responsabilidad no recae únicamente en los emprendedores ni en las instituciones de apoyo. También interpela a las empresas que deciden a quién comprar, a los consumidores que eligen qué productos incorporar a su vida cotidiana y a quienes tienen la capacidad de impulsar un desarrollo regional que valore, de verdad, la innovación nacida en nuestro propio territorio.

Quizás la conversación ya no deba centrarse en cuántos emprendimientos nacen cada año, sino en cuántos logran consolidarse y convertirse en empresas que aportan valor, generan empleo y permanecen en el tiempo. La respuesta, probablemente, no se encontrará en un solo programa ni en una nueva convocatoria. Será el resultado de una decisión colectiva sobre el tipo de desarrollo que queremos construir y sobre el lugar que estamos dispuestos a darle a quienes han decidido emprender desde nuestra región.

Marcela Maldonado
Ingeniera Comercial
Estratega Vinculación Empresarial

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