El que guarda, siempre tiene. Por Marcela Maldonado
¿Cuántas buenas ideas hemos perdido simplemente porque alguien escribió “rechazado” sobre ellas?
Hay palabras que tienen un peso especial. “Rechazado” es una de ellas. Cuando aparece al final de un proyecto en el que has invertido tiempo, energía y conocimiento, es difícil no sentir que también están rechazando la idea.
Pero con los años he aprendido que no necesariamente es así.
En nuestra experiencia como articuladores y vinculadores con distintos ecosistemas, aproximadamente la mitad de las iniciativas que hemos presentado en distintas etapas no han obtenido financiamiento. Y eso me enseñó algo fundamental: que un proyecto no sea seleccionado no significa que la idea sea mala.
Las razones pueden ser múltiples y forman parte de cualquier proceso competitivo. Por eso, antes de frustrarse o concluir que todo estuvo mal, vale la pena hacerse otra pregunta: ¿qué hacemos ahora con esta idea?
Nosotros elegimos guardarla.
Guardamos los proyectos, los antecedentes, los aprendizajes y, sobre todo, las ideas. Porque una propuesta puede no encontrar su momento hoy y, sin embargo, tener sentido mañana.
Con el tiempo hemos aprendido a reciclarlas, reutilizarlas, flexibilizarlas y actualizarlas. Algunas vuelven a presentarse. Otras cambian de propósito. Algunas incluso terminan transformándose en iniciativas privadas.
Y aquí cobra sentido una frase que parece sencilla, pero que para mí tiene cada vez más valor: el que guarda, siempre tiene.
Hace una década presentamos propuestas que, para ese momento, parecían demasiado ambiciosas: una plataforma de empleo, una plataforma para fortalecer los oficios, iniciativas vinculadas a establecimientos educacionales, una triatlón y hasta un modelo de workspace que buscaba reunir en un mismo espacio a distintos stakeholders del ecosistema de Antofagasta.
La reacción fue, en algunos casos, que era demasiado.
Demasiado amplio. Demasiado ambicioso. Quizás demasiado adelantado.
Hoy, varios de esos conceptos ya no parecen extraños. De hecho, durante los últimos años hemos visto cómo iniciativas con lógicas similares comenzaron a implementarse y a tomar fuerza.
Y ahí aparece una posibilidad que pocas veces consideramos cuando recibimos un “rechazado”:
¿Y si no era una mala idea? ¿Y si simplemente estaba adelantada a su tiempo?
A veces, incluso, pienso que quizás veníamos de otra dimensión. Lo digo con humor, pero también con cierta convicción. Porque innovar muchas veces significa imaginar antes que otros aquello que después parece obvio.
Por eso no creo en desechar las ideas.
Creo en guardarlas. Revisarlas. Volver a mirarlas con otros ojos. Preguntarnos si cambió el contexto, si apareció una nueva necesidad, si existen nuevos aliados o si finalmente llegó el momento que antes no existía.
En innovación hablamos mucho de crear, pero poco de conservar.
Quizás también necesitamos aprender a hacer memoria de nuestras propias ideas.
No todo proyecto rechazado es un proyecto perdido. Algunos simplemente quedan esperando una nueva oportunidad.
A veces, el que guarda no está acumulando proyectos del pasado. Está incubando ideas para el futuro.
Marcela Maldonado
Ingeniera Comercial
Estratega Vinculación Empresarial
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