Cuando la gestión pública se mide en «Likes!». Por Martin Celso Tapia Cornejo, Concejal de Calama
Hubo un tiempo en que la política era la ciencia de administrar la violencia legítima y cobrar impuestos para pavimentar tres calles e inaugurar un puente que se caía a los diez años. Hoy, el espectáculo ha alcanzado su cénit de eficiencia digital: hemos reemplazado la obra pública por el encuadre vertical en 4K.
Para la ciudadanía, la percepción de la función pública está completamente invertida. El político moderno ya no busca dejar un legado en piedra o infraestructura, sino en la memoria caché del algoritmo. El índice de aprobación no se mide en la calidad de los servicios prestados —esos que, de todos modos, el monopolio estatal entrega de forma deficiente y costosa—, sino en la cantidad de retuits, visualizaciones en TikTok y la capacidad de viralizar un trend ridículo. Asistimos al nacimiento del “Homo Instagrammer”: un burocrático avatar cuya prioridad diaria no es gestionar, sino lograr que el algoritmo de Meta lo ponga en la pestaña «Para ti».
Pero aquí es donde el análisis superficial falla y entra el humor más negro de nuestra comedia burocrática.
La reacción natural del ciudadano indignado es pensar que si el político de turno no está bailando en redes sociales ni grabando reels en una guardería municipal, seguro está en su despacho trabajando arduamente por el «bien común». Cándida ingenuidad. En el aparato estatal, el silencio mediático rara vez equivale a productividad. El político que no busca likes en Instagram no suele estar diseñando planes de eficiencia ni recortando el gasto inútil; lo más probable es que esté ocupado en la sombra, perfeccionando la alquimia del favoritismo, negociando nombramientos a dedo o durmiendo la siesta reglamentaria que su estatuto administrativo le garantiza. Un político invisible no es un estadista modesto: es simplemente un parásito sin talento para la producción audiovisual.

¿Quiénes son, entonces, los que realmente hacen que las cosas funcionen?
Desde una perspectiva libertaria, la respuesta es tan evidente como incómoda para la clase política: las cosas se hacen bien únicamente donde el político no tiene la capacidad de meter las manos. Quienes de verdad generan valor, resuelven problemas reales y mantienen la sociedad a flote no tienen tiempo para grabar videos con música de tendencia. Son el emprendedor que levanta la persiana a las seis de la mañana a pesar de las regulaciones asfixiantes, el trabajador que produce en el sector privado para financiar la fiesta tributaria, y el individuo que pacta de manera voluntaria con sus pares para solucionar lo que el monopolio estatal arruina día por medio.
Las funciones de los cargos públicos no están «torcidas» por casualidad; están torcidas por diseño de incentivos. Cuando los ingresos de una persona no dependen de la satisfacción del cliente ni de la eficiencia del servicio, sino de la popularidad y del presupuesto extraído por la fuerza al contribuyente, la gestión es un estorbo y el show lo es todo.
El circo siempre ha sido gratis para el césar, pero esta vez la entrada la pagamos nosotros en la boleta de impuestos, con IVA incluido y a una tasa de refresco de 60 cuadros por segundo.
Martin Celso Tapia Cornejo, abogado & Concejal Partido Nacional Libertario, Comuna de Calama Ciudad Heroica.-
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